jueves, 10 de julio de 2014

La soledad.

Las efemérides y las horas, todas repletas de nada. Ella siempre se preguntó qué la hacía sentirse así, qué era esa sensación de soledad a pesar de la compañía, de tristeza a pesar de su plenitud aparente, de suspiros profundos y de llanto infundado; ¿por qué se sentía sola? La gente suele relacionar la soledad con ausencia de compañía; ella sabía que no era así. Toda su vida le ha tenido pavor a la soledad y no ha tenido miedo de afirmarlo, pero la soledad va más allá de las personas y de su aprobación; la soledad es estar vacío.

¡Eso es! La soledad es sentirse sin propósito, sin fin, sin funcionalidad. Por eso la vejez es compleja, más que por los años o la cercanía a la muerte, lo que pesa es la nada y el sinsentido de la falta de función. Eso es sentirse vacío, es sentirse despojado de uno, porque ese uno, lo que las personas suponen ser, su identidad, bien o mal, se conforma con y gracias a lo otro. Sí, a lo otro, no solo a los otros. Nos construimos con la sociedad que nos circunscribe, pero lo que realmente nos da lo que somos es lo que hacemos; lo que creemos ser está fundamentado en nuestra función, bien lo dijo Marx, pero no es solo en el trabajo, es en todo quehacer de nuestro diario. Estar solo es saberse sin esencia, sin camino, por eso la soledad no es ante la gente, la soledad es ante uno, ante uno sin razón en el mundo. Esa es la desolación más fuerte.

Ella lo sabe muy bien, las personas, sus allegados en quienes había depositado sus más fuertes anhelos solo eran excusas, solo representaban su más fuerte deseo de librarse de esa sensación de vacío provocada por su sinsentido. Ella no sabe para qué sirve exactamente. Siempre se ha desenvuelto bien en sus funciones, pero no sabe en realidad si eso es ella. Ella se siente sola porque no sabe si es lo que dice y cree ser. La gente solo la ocupa, le llena el vacío que la invade. Lo mismo hacía con los pasatiempos, ella se llena de funciones para acompañar su soledad, su soledad frente al mundo, frente a su carencia de esencia, frente a su falta de seguridad ante la vida, frente al despropósito total de su nada.

Por eso ella se sentía sola cuando no estaba ocupada y por eso ella aclamaba a los otros cuando se sentía carente de propósito, cuando las horas no se llenaban y el sueño no llegaba; cuando los minutos pesaban y los letras no servían; cuando Dostoievski aburría y Ciorán desolaba; cuando pasaba más horas frente al computador que frente a una biblioteca; ahí, justo en esos momentos de agonía del tiempo infinito desperdiciado, ahí aclamaba ayuda y culpaba a todo lo que la rodeaba de su tristeza y su melancolía.

Tal vez ella huye de la soledad de la falta de ocupación porque la siente como un final. La muerte para ella es el despropósito total, la ausencia de mañana, de quehaceres, de porvenir, de acciones a futuro. En la muerte no hay acción, no hay nada. Tal vez es eso, le daba miedo la soledad porque le aterraba que al sentirse sin función se acercase a la muerte, al absoluto vacío del final. Pero lo dijo Heidegger, somos seres para la muerte y, así llenemos del continuo ocuparse y de pasatiempos nuestros días, el aburrimiento existencial, como él le llama a esta nada que ella siente, no se va así de fácil. Ella entiende a Heidegger cuando afirma que el Dasein se encuentra con él mismo precisamente en ese aburrimiento al que ella llama sinsentido o nada, pero ella siente que no podría soportar el encuentro consigo misma porque odia lo que es.

Eso es, ella odia lo que es.

jueves, 3 de julio de 2014

Julio 3 de 2014

Y cada día se acrecienta el vacío en el pecho, la culpa y el sinsabor de los días perdidos, del futuro no escrito, de las páginas sin tinta y de las horas sin oficio. Y así transitan los días, vagones sin almas y timón sin guía. Veo desde la intrincada celosía de mi alma todo el mundo que me circunscribe, que, concomitante, me obliga estar a su lado. Acá, con nada, ¿cuándo escribiré una novela? Veinte años mal vividos, creyéndome el cuento de cuando en cuando, soñando con un futuro prolífico, llena de alegrías aparentes y de llantos sin fundamento, ¿cuándo empezaré a escribir algo que valga la pena ser leído? ¿cuál es mi necesidad de ser leída, de asentarme en la historia y encontrar en la lectura maravillada de los otros mi sustento? Estos diarios no sirven de nada, si lo leen tres pelagatos es mucho y tampoco tiene valor. Necesito escribir una novela. Tal vez por eso admiro tanto a Pizarnik, a Bukowski, a Baudelaire, a Proust, porque desde lo profundo de su alma hicieron literatura, sin forzarse, sin preocuparse más que de su catarsis, de su caos, de su infierno. Algún día llegaré a trasformar mi tormenta en arte y mi tormento en texto. Y con todo y mis ansias, con todo y mi ímpetu, pierdo mis mañanas en la vacuidad de los medios, en la desesperanza y el mareo, en el precipicio de la angustia ¿cómo librarme de la nada que me invade? ¿cómo quitarme el peso de los días si los vuelvo más pesados con el tiempo? Quiero ser como Pizarnik... Joder, jamás escribiré algo que valga la pena ser leído...

sábado, 21 de junio de 2014

Sábado 21 de Junio de 2014


Borbotones de melancolía y trozos de sonrisa en los recovecos de mi cómoda alma atormentada.
Me siento cómoda en la angustia. Grito que quiero salir de ella pero algo de mí se siente en una situación de comfort.
Ayer se suicidó una amiga de mi edad y mis características aparentemente alegres. Me asusta sobremanera saberme tan afín a dicho propósito. Pero no puedo jactarme de una fuerza semejante como para darle fin a todo. Soy tan pusilánime que solo la idea me saca corriendo a la calle, a buscar quehaceres, momentos y gente.
Ayer caminando a la 66 sentí que me perseguían. Últimamente me pasa eso. Siento que al dar un paso alguien lo da conmigo, no sé si alucino o si, en mi afán de compañía y pánico ante la soledad, me invento a un otro que camina tras de mí. También le encuentro figuras a las sombras, a las bolsas de basura, a las esquinas oscuras. Esas formas sí me asustan, no me gusta que me acompañen, pero los pasos que me persiguen me agradan.
Tengo que terminar mi trabajo de Heidegger para publicar. Me gusta, me gusta llenarme de quehaceres pero los postergo. Me gusta sentirme acongojada por una supuesta irresponsabilidad que nunca dejo ser. Soy tan responsable que siento ser una cuadrícula impenetrable. Me asusta. Quiero salir un poco de la agenda que me sostiene pero me subyuga. Algún día saldré de mí y cometeré incoherencias, pero incoherencias reales, no esas racionalizadas que solía cometer, no una cadena de malas acciones buscando torturarme con la culpa. Al menos ya salí de eso y ya no siento que deba pedir disculpas hasta de existir. Sigo con culpas de ayeres pero, hoy, mis días, se sienten libres de condenas.
No soy capaz de pensarme como puramente presente. Sí, sé que somos solo ahora volcado hacia el futuro y formado en el ayer, Heidegger lo supo expresar, dentro de su lenguaje privado, muy bien. Pero algo de mí no acepta el hoy. Quiero ser mañanas pero sufro por mis ayeres ¿dónde está mi ahora? No hay. Todo está volcado en una agenda en donde están mis quehaceres hechos y por hacer y que, con mucha frecuencia, vuelvo y miro y sonrío.

viernes, 20 de junio de 2014

20 de Junio 2014


Hace mucho no escribía, sí claro, notas sueltas, apuntes académicos, quehaceres en la agenda y palabras inconexas en los bordes de las páginas, pero nada de mí. Me hace falta. Esto me libera. Hoy le entregué la tesis corregida a la señora de maestría, aún me quedan labores por tachar de mi agenda. No sé qué hacer cuando pierda mi oficio, no sé qué hacer ante mí sin labores.
7:40 de un viernes. Ayer salí, ganó Colombia, licor, personas, vuvucelas y vacuidad. Me alegra desprenderme de las letras y encontrarme entre la gente, me alegra sentirme parte de un gran todo, sentir que no soy única, dejar ese ego absurdo que me sumerge en los quejumbrosos lamentos de un alma atormentada. Sentirme entre una masa abyecta me salva. Me salva de creerme algo más o algo menos, fundirme en los otros me ayuda a no creer que soy la única que sufre. Todos sufren, todos lloran, todos se alegran y todos, empapados de dionisio, se tiran a los carros y lanzan espuma.
Son las 7: 42 de un viernes maldecido. No me he bañado. No me encuentro. He discutido con todos y con todo. No puedo hacerme la vida más imposible a mí y por eso se lo hago a los otros. Quiero salir corriendo a cualquier parte, a cualquier parte que me salve. Esto no está bien, no me salvo. Hoy me vi un partido de fútbol con mi padre, me disgusta sobremanera pero no hay más excusa para compartir con él. Me pesa la vida.
Son las 7:43, solo ha pasado un minuto. Cada día el tiempo pesa más, es como una tibia manta que recubre en un día cálido, sudor, tedio y melancolía.
Son las 7:44, pasé horas leyendo a Pizarnik, la siento tan mía, tan propia, la siento mi yo de antaño. No quiero imitar su literatura pero quiero ser como ella. Concuerdo con ella en mucho, como que no quiero escribir novelas en donde la polifonía de los personajes recubra mi voz, no me interesa escribir de los otros, no me importan las historias. Cada vez que escribo hablo de vida, caos, sufrimiento o melancolía. No sé cómo afrontar la vida si no es de esa manera. Creo que algo de mí ama el caos generado de la nada yendo a ninguna parte. Amo a Pizarnik, pero no quiero escribir como ella. De hecho, antes de conocerla escribía semejante, así que algo de mí me grita que ella, desde muerta, me copió a mí. No quiero ser como ella, no quiero morir de sobredosis de mí.

Saldré de aquí.

martes, 17 de junio de 2014

Martes 17 de Junio de 2014

Entre nadas, nuevamente, procurando el algo; buscando ser.
¿Cuándo dejaré de ser para construirme?
Vida abyecta y desesperada. Ahora debo atender a Dora, la señora a quien ayudo a consumar su tesis de maestría. No he abandonado esta institución y me quejo, pero sigo escribiendo quehaceres en mi agenda, amando ponerle chulos y decirme "Paola, has cumplido, siéntente orgullosa y satisfecha de lo que eres". Me construyo en la ocupación. No soy más que tareas en una agenda y la promesa de vistos buenos de realización.
No soy más que mera búsqueda, no soy la realización de mis deseos, soy el intento de responder a las peticiones de mi entorno, a mis responsabilidades, a mis seres amados. No soy más que el intento desesperado de responder a una pregunta que nunca he sabido formular bien ¿quién soy? ¿Cuál es mi propósito? No me respondo. Soy un mar de acertijos absurdo y borbotones de sensaciones pueriles.
En ocho minutos atiendo a la señora, yo miro el paisaje y llora mi alma ¿cuándo me atenderé? ¿Cuándo responderé a mi llamado? Me difumino en los otros, me proyecto en ellos, no soy más que mero proyecto volcado al mundo. Estoy dispuesta en los otros, no hay nada propio en mi ser. Los libros no me salvan, la música no me salva, la bicicleta no me salva, ni mucho menos mis amados quehaceres ¡los otros tampoco me salvan! No tengo paz, creo que la única tranquilidad perpetua está en la muerte.
Cuando pienso en el suicidio pienso también que no se puede acabar lo que ni siquiera se asume. No estoy tomando la vida porr los cachos, la estoy masajeando suavemente entre los compromisos y el sosiego. Aún no me he adueñado de mi vida, aún no se cómo vivirla, lo he hecho de la mejor manera que puedo hacerlo, llena de compromisos y despojada de tiempo. Soy tanto tiempo que necesita dárselo al mundo. Me aterra encontrarme, me espanta encontrar un minuto a mi lado.

lunes, 7 de abril de 2014

Ella

Tres días y medio después, dos de la tarde, tres copas, cinco tarjetas de antidepresivos y el intento de un personaje. Ella intenta empezar una novela. Ella no sabe qué crear para ser más ella y dejar tanto encanto de la apariencia. Ella no sabe qué personaje crear para proyectar en él su nada, su pandemónium y su ausencia de fe. Le ha puesto miles de nombres a su desencanto, le ha llamado hormonas, le ha titulado juventud, le ha intentado gritar raye-de-coco o gripa-mental. Ella lo ha intentado todo. Ella ahora está bien, ella sonríe, pero recuerda los vestigios del desasosiego de cada fin de mes y le da, por inercia, la sensación de vacío. Ella tiene miedo de volver a caer. Ella sigue en su universidad, cada día se esfuerza por ser cada vez más aquello que ella cree ser, por afirmarse en eso ajeno, por proyectar el deseo en los logros y por enajenarse más de sí y coincidir más con las letras de un muerto en un libro frío. Ella cree que nunca le encontrará un sentido real a sus días, que nunca proclamará con ímpetu “estoy feliz, ya está, estoy haciéndome como quiero ser y no necesito ser más”. Ella a veces piensa que eso le ha ayudado, le ha servido para estar en donde está, para tener buenas e inútiles calificaciones, una pareja a quien ama y que él la ama y un sinfín de experiencias y teorías en la cabeza. Ella debería sentirse bien, debería darse por bien servida ante el afloramiento de la vida, ante las oportunidades de sus días, ante tanto de tanto que tiene en su quehacer. Ella no sabe porqué no puede sentirse completa. Ella ahora se siente bien, no le falta nada, pero algo de ella desea no sentirse tan bien. Ella quiere crecer para ver si ese es el remedio para su estupidez.

lunes, 17 de marzo de 2014

"Conócete a ti mismo"

Y así, vereis, ella al fin aprendió a dejar tanta teoría y aferrarse un tantico a la vida, a esa vida que atraviesa el tiempo, sin letras muertas, solo palabras latentes, palpitantes, ansiosas de práctica ¿en qué momento se desprende de su madre-sistema, de su hogar, de su familia de muertos en textos contándole cómo vivir un mundo en el que ellos no vivieron? Se fue de su asidero cuando se enfrentó a la melancolía del sin sentido de los otros, de vivir atada de ojos y manos, con los pies amputados, sin poder correr, sin plumas, sin colores, aunada a tantas descripciones de mundo, tan poco de ellas, tan tanto de todo.

A veces uno se siente así ¿vos entendeis? Así, como fuera de sí, como poco de vos, como repleto de nada y carente de algo. Tal vez, solo tal vez es despertar y encontrarse ante una vida que es ajena, y cataplás, aparece el temor; el temor de saberse perdido ante las estructuras construidas, ante tanto edificio sin cimiento, ante tantos rascacielos sin sistema antisísmico. Y ahí vienen, esos malditos climas demenciales, tormentas quejumbrosas de salesitas en cristales, rayosrayacocos e infinidad de temblores. Y ahí se ve uno, sin paraguas, con ese pedacito de nada cubriéndolo a uno, desnudo ante el agua. Ahí, saliendo de ese resguardo aparente del ojo del huracán, gritando y recordando que el alma te dio avisos, te dijo “oye, todo tan bien no es tan bueno, despertarte todos los días bien en punto de las cinco, hacer tus quehaceres tan impecables y tan bien, ¿quién sos vos?” Y nunca, nunca quise responderlo. Heme aquí con las consecuencias de no limpiar bien el piso antes de construir la ciudad de mí. Heme aquí ante mí.

Y es ahí cuando se es más uno que nunca, cuando uno se da cuenta que ningún sistema te define, que sos vos ante vos, tan llena de vos. Da miedo saberse sí mismo, saberse ajeno de lo que con ansias se intentó crear. Yo intenté ser letras, también quise ser caos, quise ser viento y quise ser mar, pero no soy más que yo. Yo soy tormenta, no siempre violenta, solo agua constante, solo tristezas pasajeras y alegrías aparentes. No soy cielo ni tampoco infierno, solo soy un continuo explotarse de a pocos. Lo duro es haberse creído e intentar haber sido y luego, ahí como siempre la culpa, la culpa de creerse propio de lo que no se es. Ahora, aún no sé lo que soy pero sí sé lo que no. Ahora sé que de las letras me aferro pero no me componen; sé que no soy viento pero tampoco soy fuego; sé que tal vez nunca sabré lo que soy pero tal vez de eso me puedo aferrar para seguir.