lunes, 13 de febrero de 2017

Comentario a la "advertencia" de Montaigne en sus ensayos

Cali, Febrero 8 del 2017
Paola Andrea Fernández Zapata
Estudiante de maestría en filosofía.
Universidad del Valle.
Seminario de pregrado y posgrado: Los Ensayos de Montaigne y la pintura de sí.

AL PROFESOR

¿Cómo comentar filosóficamente algo? Más aún ¿Cómo comentar filosóficamente a alguien? Comentar implica hablar, dialogar, decirle algo a alguien, a un extraño, a un amigo, a un ajeno, a unas letras escritas hace 437 años, o ayer, o hace mil años; algo, lo que sea, con o sin sentido, con o sin propósito; pero, en sí mismo, comentar implica hablar. Hablar por escrito, hablar oralmente, pero hablar, dialogar, entablar a un otro con el cual conversar. Pero ¿comentar filosóficamente? ¿Implicaría hablar críticamente? ¿O, tal vez, acudir a la teoría de grandes filósofos para hablar con ‘propiedad’? ¿Propiedad de qué? ¿Del conocimiento que, en sí mismo, es de otro?; ¿o será que comentar filosóficamente es una exposición rigurosa, una exégesis, de una lectura concienzuda? ¿Y ahí dónde habría filosofía? Tal vez allí haya un buen lector y una excelente comprensión de lectura ¿y la acción? ¿Y la filosofía? Para mí la filosofía está viva, se mueve, es dinámica; pensar es actuar. Pero, entonces, ¿qué es comentar filosóficamente? ¿Comentar filosóficamente se debe relegar a hacer notas al pie de grandes pensadores? ¿Soy tan incapaz de proponer mi mirada? ¿O tal vez postular cualquier visión del mundo es prepotente y osado al creerme tanto como para poder emprender ese camino sola?

Muchos hablan con el rostro de otros y para poder decirse a sí mismos tienen que citar a un ajeno; pienso que ellos no son sabios, se refugian en la teoría para maquillar su ignorancia. Muchos comentarán filosóficamente utilizando la lengua de aquellos en los que refugian su incapacidad de hablar por sí solos. O quizá yo, al no ser sabia, me refugio en una supuesta autonomía que desdibuja mi incapacidad de hablar con la boca de otros o hasta de entender sus palabras. No sé cuál sea la mejor manera de comentar filosóficamente algo, quizá porque propiamente decir que se hace “filosofía” es problemático.

Creo que en la rúbrica de este ejercicio no estaba la palabra “filosóficamente” acompañando al comentario y yo me metí en este embrollo sola. Quizá pienso que simplemente dialogar con un texto es un ejercicio vacuo y limitado, pero “filosóficamente” sea una empresa más loable.

No sé cómo hablarle a un texto y menos cómo comentar filosóficamente; pero sí, quizá, cómo hablarle a Montaigne; porque su texto es él, porque él se da por entero en sus letras, porque hablarle a un texto sería dirigirse a un abstracto, pero no le estamos hablando a unos símbolos, le estamos hablando a un humano, a un humano tal cual soy yo, tal cual somos todos. Y quizá pueda hablarle filosóficamente en tanto mi diálogo sea profundo y riguroso, mi lectura sea crítica y pueda sentarme frente a él a refutar, afirmar, compartir o debatir.

Montaigne también me habló a mí como otro, me reconoció como existente, me dio un lugar como alteridad; pero me dejó ajeno a él y a sus letras al mismo tiempo que me invitaba irónicamente a decidir ser parte de ellas. En esa suerte de advertencia que anteceden las páginas de sus ensayos, Montaigne me invita y me repele. Es como si visitara las puertas de su casa como foránea y me invitase a seguir a la sala, pero me dijera que no puedo seguir a su cuarto. Sin embargo, se va, dejando el pasillo libre y habilitado para transitar y llegar hasta su regazo. Me dice “no sigas”, pero me deja el camino libre para andarlo y una luz encendida al final del pasillo. Me dice “no vale la pena entrar”, pero me deja un camino de esmeraldas y una promesa de tesoros al fondo de su casa; una promesa que él no dio, pero sabemos que tiene. Montaigne no me deja afuera porque, así me haya invitado y rechazado a la vez, me ha hecho parte con tan solo tenerme en cuenta. Se dirigió a mí como lectora y su título mismo lo indica “al lector”. Esa soy yo, al otro lado, leyendo, sentada en el otro sofá de su sala, de su castillo, de Montaigne como lugar, de Montaigne como él mismo, como ser, como morada.

Creo que ahí reside lo inquietante de esta antesala a sus letras, a su ser, a la imagen que él pinta de sí. Nos deja la puerta abierta, pero nos despide en la entrada. Nos hace libres. Los textos normalmente se escriben sin invitar al lector a tomar la decisión de embarcarse en él. Están ahí y yo me acerco a él, inquieto, sediento de él; pero el autor no me invita, hace un monólogo y da por sentado que otro escucha. Montaigne no es así. Montaigne me da la posibilidad de tomarlo o dejarlo, me invita y me despide en la entrada y me hace saber que soy enteramente libre de tomar la decisión de seguir o de irme.

Montaigne me da su rostro, no son las letras quienes se muestran, sino la cara de él, directa, plenamente. Él habla como particular, desde el yo, como sujeto que vive y experimenta tal cual yo lo hago. Por eso no habla desde universales ni intenta crear grandes sistemas que describan el mundo. Él mismo lo dice, ¡cómo poder emprender empresa semejante! Pero al ilustrarse a él ilustra a la misma humanidad, porque no pinta más que un ser humano, a él, a mí, a todos. No sé, quizá, si ese fue su objeto así lo niegue. Dice que su objetivo fue perpetuarse a sus seres queridos únicamente y, de hecho, así lo hizo. Todos los que nos sentamos a hablar con él somos su seres queridos, entramos en su casa poco a poco. Al comienzo nos dejó en la sala, pero avanzamos a su cuarto y hablaremos, cara a cara, con él.

Y así su objetivo haya sido únicamente “doméstico y privado” y no buscase consideración ni por mi servicio ni por su gloria, transgredió sus objetivos y los hizo contrarios. Al escribir se perpetuó y al perpetuarse se hizo público, público pero privado. Público en tanto todos podemos hacer uso de él y privado en tanto nos compete a cada uno. Se involucra con un elemento fundamental de la condición humana: la empatía. Nosotros nos sentimos parte de él porque nos identificamos con él. Es un humano. Como yo. Como todos. Y al no intentar hacer universales propició más la reflexión conceptual que aquellos que pretendían construir grandes sistemas que describieran la realidad. No buscó su gloria, pero se perpetuó en la historia, no buscó mi servicio, pero me hizo parte desde el inicio, me tuvo en cuenta como otro, tal cual él, me dio la posibilidad de elegir, me hizo libre.

Quizá Montaigne, sentado en su palacio el 12 de junio de 1580 jamás pensó que algún incauto después tomaría como sensatas sus palabras. O quizá desde siempre sabía que iba a ser inmortal. Quizá no podremos saberlo, pero podemos adentrarnos en él, no en él como concepto, sino en él como sujeto. Qué empresa más difícil emprendió, ¡intentaba conocerse a sí mismo! Y en su intento nos dio la posibilidad de conocernos también a nosotros.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Foránea de mí



Me siento foránea en mi vida. Y con todo, hago parte. Me leo como otra, pero soy protagonista. Quiero algo, pero no sé qué. Ahí reside la inconmensurabilidad de mi deseo y lo impotente de mi acción. Camino, ando, lucho, leo, lloro, discuto, doy vueltas en círculos y retomo la carrera, pero no hay destino, no hay propósito y la empresa se vuelve tanto loable como carente de sentido. Sé que no soy la única. Quizá no todos se sientan así, pero sí muchos. Pero este sinsabor es mío, este sinsentido me pertenece, es lo único que sé que existe y que dibuja mi realidad.

Jamás me he sentido plena; me acongoja, pero me satisface, ¿qué pasaría si me sintiese completa? ¡Moriría! Lo que se detiene muere, pierde color, se marchita. Todo fluye, bien lo dijo el oscuro Heráclito. Pero me da miedo el movimiento y me aterra la quietud, ¿qué hago si no me quiero mover, pero tampoco quiero permanecer?

Tengo una fijación patológica en la repetición del caos. No me siento completa en la plenitud y me siento vacía en el movimiento. ¿Qué hacer ante lo incierto de la indeterminación? Siento que debería encontrar un polo del cual aferrarme, creer en algo fielmente, ser la misma todos los días, tomar decisiones, crecer; “¡madurá, Paola!” lo he escuchado en muchos tonos, bajo muchos rostros y en muchos momentos. Pero quizá no quiero hacerlo. No quiero asumirme y por eso me aterra crecer, ser responsable de mí, de mis acciones, de mi desvarío.

O quizá exagero y no soy todo lo que de mí creo. Quizá soy tan solo una niña, sí, efectivamente una niña, pero sin profundidad ni gracia, tal vez sí perdida, pero en su necesidad de llamar la atención, en su supuesto tormento. O quizá me inventé mi caos y ahora es real. ¿Acaso lo fáctico es únicamente lo vivido empíricamente? Yo vivo como real mi angustia, así no exista, así no sea, así venga en las noches, se despierte en la mañana, se deshaga en la tarde y se pierda en compañía. Por eso necesito la compañía, para olvidar la angustia que me autoimpuse como real.

Mi angustia no tiene nombre, no tiene rostro y no tiene motivo. Ahí reside lo verdaderamente angustioso de mi angustia: no es, no existe; pero es latente y la siento aquí, adentro mío, siempre.

jueves, 12 de enero de 2017

Diarios de viaje: Cali, Colombia - Montañita enero 2017

Este post tiene como fin ser un canal comunicativo que ayude a otros viajeros a hacer un plan de viaje y a hacerse una idea de los precios. Viajé con mi novio y cuando nos preparábamos buscamos como locos información para saber cómo llegar y cuánto íbamos a gastar, pero no encontrábamos o la poca que hallábamos era viejísima y los precios habían variado. Por eso realizamos estos posts, esperamos hacer muchos como estos, ¡llenar de sellos el pasaporte! Conocer, aprender, hablar, nutrir mi alma y ayudar a otros a que se dispongan a hacerlo. Viajar solo requiere un poco de ahorros y salir a tomar el bus. No dejen que la cotidianidad de los días y el tedio del trabajo los mantenga absortos y no los deje salir a conocer. Los mejores y más valiosos conocimientos, más que en la academia, se dan en la interacción con diferentes culturas, en el asombro de paisajes inhóspitos y hermosos, ¡en salir y vivir!



Bueno, dejando a un lado la retórica la ruta fue así:

Nosotros primero paramos en Pasto al carnaval de Negros y Blancos (recomendadísmo) allí estuvimos cinco días. Desde Cali tomamos una flota Magdalena (pueden coger mejor un Bolivariano, pero no había porque los compramos sobre el tiempo), nos costó $65.000 hasta Pasto. Si van directamente a Montañita tomen el bus hasta Ipiales, les saldrá por el mismo precio y se demoran al rededor de diez horas. En Ipiales les recomiendo que se pasen por la catedral de Las Lajas, es hermosa y no les quitará mucho tiempo. Toman un colectivo a $2.500 hasta allá, es bellísimo.

Y bueno, retomando el viaje hacia Montañita, deben llegar nuevamente a la terminal de Ipiales y desde allí tomar un colectivo que les cuesta $1.700 hasta Rumichaca; esa es la frontera entre Colombia y Ecuador. Ahí deben sellar el pasaporte de salida de Colombia, luego pasan caminando un puente amarillo y está migración de ecuador, allí sellan el pasaporte con la entrada a este país. Este proceso es largo porque las filas son extensas, vayan con calma. Allí pueden cambiar los pesos a dólares (la moneda ecuatoriana es el dólar).

Cuando salgan de la embajada van a encontrar unos taxis que los llevan hasta Tulcán en 3.50 dólares. Se demoran más o menos de diez a veinte minutos en llegar. Ya en Tulcán tienen dos opciones, o tomar un bus directamente a Guayaquil, o tomar un bus a Quito y desde allí uno a Guayaquil. Ambas se demoran el mismo tiempo y cuestan lo mismo. Nosotros de ida tomamos un bus directo de Tulcán a Guayaquil que nos costó 17 dólares. Fueron trece horas de viaje. De devuelta cogimos un bus de Guayaquil a Quito que se demoró 8 horas y nos costó 11 dólares, y de ahí un bus a Tulcán que se demoró 5 horas y costó 6 dólares. Como les digo, es lo mismo, depende de si quieren pasar todas las trece horas en el bus o si quieren parar a conocer Quito, como quieran.

Ya en Guayaquil deben tomar un bus a Montañita, salen cada hora, nosotros llegamos a las doce, pero ya el de la una estaba lleno entones tomamos el de las dos. El bus nos costó 6 dólares, va directo, y se demora tres horas.

En Montañita todo es sumamente económico. A nosotros nos tocó un momento en el que el peso se encuentra totalmente devaluado, un dólar son $3.000 y con todo salió baratísimo. El almuerzo más costoso que encontramos fue de 6 dólares y eso que perfectamente se pueden encontrar almuerzos muy completos a 3 dolares. Sin embargo, si su hostal tiene cocina, pueden comprar la comida para preparar y les sale más económico. Los hostales oscilan entre los 6 y 15 dólares.

Nosotros nos quedamos en un hostal con camarotes, baño y cocina compartido que costaba 8 dólares la noche. Se llama Hidden House. Las instalaciones son muy bonitas, el espacio es genial, pero no nos agradó el dueño, nos pareció que era sumamente prepotente y no tenía actitud hospitalaria. Además, la bombilla de nuestra habitación estaba dañada y jamás atendieron a nuestros llamados para arreglarla. Sin embargo, las cocinas eran chéveres, habían hamacas, televisor con Play, agua caliente, cócteles gratis en la noche. En fin.

Ahora bien, en Montañita hay infinidad de hostales, pueden averiguar con antelación o llegar ese mismo día y averiguar ¡hay muchísimos! Montañita es un pueblito enteramente turísitico, la rumba es hasta el amanecer, solo descansan las discotecas y bares los domingos. A mí me gustó mucho el parche porque conocimos personas increíbles y muchas culturas, además la playa era hermosa. No obstante, hay demasiada gente, así que si buscas un destino tranquilo Montañita no es una opción. Puedes ir a otras playas de la ruta del sol.

Nosotros fuimos a un Parque Natural llamado los Frailes, a dos horas de Montañita. Tomamos un bus desde ahí, nos costó 3 dólares. Las playas son sumamente hermosas, les recomiendo ir. Deben caminar dos horas para llegar, o pueden tomar un bus desde la portería. Es un destino que no se pueden perder. Cerca de Montañita hay muchísimas playas también muy bellas, nosotros estuvimos poco tiempo y por eso no pudimos ir, pero pueden averiguar destinos con las personas de allá.

Esperamos que les haya servido esta información; ¡buen viaje!

lunes, 9 de mayo de 2016

El "hubiese podido ser" I parte.



El tiempo siempre nos ha embelesado, encanta, maravilla, inquieta, preocupa, horroriza y estremece. Nos aterroriza lo que será, pero al mismo tiempo nos llama; somos en un ahora, pero continuamente referenciamos el ayer. El tiempo nos aplasta. No podemos parar el torrente del tiempo y el agua sigue corriendo, crea camino y rompe montañas sin poderse detener. Empezó y sigue y no hay manera de dar vuelta o de contener. Pensar en la posibilidad de cambiar lo que fue y crear un nuevo mañana provoca suspiros, congojas y la impotencia de no poder hacer del pasado un nuevo presente más que el que ya es.

Es un hecho, fácticamente podemos distinguir tres tiempos, redundante nombrarlo tal vez, pasado, presente y futuro. Lo que se fue, lo que se es en acto y la potencialidad del ser. Todo se conjuga en un yo que se adentra en el tiempo y que se identifica en esa aparente linealidad. Sabemos quiénes somos y nos podemos distinguir en el paso de los años- creamos una aparente identidad en el devenir de los días y, a pesar del cambio, afirmamos ser nosotros mismos así el espejo revele rostros diferentes. Evidentemente, hay algo que se fue que demarca lo que se es y antecede lo que se será y claro, hay alguien que vive ese cambio en los tiempos, esa linealidad del transcurrir de los días, ese ser trascendental que es transversal a las conocidas tres partes del tiempo. Hay un yo que vive el tiempo, sea lo que sea que represente ese yo. Puedo distinguir, entonces, que hay algo que fui, algo que estoy siendo y algo que seré. Sin embargo, creo, hay un tiempo que se escapa, un tiempo que no existió, pero que se trae al presente como si hubiese sido; un tiempo muerto, pero latente: “el hubiese podido ser”. ¿Qué hay de ese tiempo difuso, diluido en las capas del tiempo, pero presente en la posibilidad? ¿Cómo se podría llamar a ese tiempo que no es, pero que existe en el recuerdo como algo que pudo haber sido y no es? La posibilidad nunca se ha contado como tiempo.

¿Qué pasa cuando se toma un camino y se renuncia a las múltiples posibilidades de tomar otro? Se crea un tiempo inexistente, un tiempo de la infinita posibilidad, de las decisiones no tomadas; se hace un camino de lo posible, de lo que “hubiese podido ser”, de todas las posibilidades perdidas por la posibilidad tomada. Cada decisión implica una renuncia, cada senda tomada implica una pérdida, por cada paso que se da se dejan de tomar infinitos más que generan infinitas posibilidades de mundo que no fueron. Pero entonces, ¿qué pasa con esa infinidad de posibilidades no tomadas? ¿Qué pasa con ese tiempo que, si bien no es, ni en acto ni en potencia, se piensa y se recrea como si hubiese tenido un verdadero lugar en la linealidad del tiempo? “El hubiese podido ser” angustia por su presencia perenne dentro del recuerdo como algo que fue posible. El tiempo y su inexorable yugo nos obliga a tomar decisiones, a escoger, incluso, no tomar una decisión es ya una decisión de no tomar una, lo cual implica la renuncia a la otra posibilidad de decisión.

Cuando sucede esto, cuando se abandona una posibilidad por otra, se crea todo un campo imaginario en el tiempo que se recrea en la memoria y se trae como un recuerdo casi palpable como si hubiese sido un hecho. ¿Qué hubiese pasado sí…? ¿Qué sería de mi vida si yo…? ¿Qué estaría haciendo ahora si en tal momento yo…? Y todos esos verbos conjugados en el condicional aterran porque fueron posibles, porque se materializan, porque esa posibilidad genera infinitos caminos más de posibilidades. El tiempo en condicional aterra porque yo fui quien hice que ese tiempo no fuese real, porque fue enteramente mi responsabilidad que ese tiempo muriera y nunca fuese presente.

domingo, 9 de agosto de 2015

He aquí la soledad



Acabé mi carrera. Sí, ocho semestres de formación filosófica pasaron y, si bien no me siento filósofa, un cartón dirá lo contrario. He finalizado mi primer proceso académico. Tengo miedo. Estoy finalizando mi primera y adolescente relación sentimental con la academia. Es un periodo de transición, de cambio. Eso es lo que me asusta, el cambio. Siempre lo he pensado, tengo una fijación patológica por la conservación del pasado, me asusta empezar, me asusta rehacer, me asusta encontrarme con alguno nuevo sobre mí, me asusta crearme todos los días y no ser la Paola de ayer. Es inexorable, lo sé. Ha pasado tanto en tan poco que no creo poder encontrarme de la misma manera ante el espejo. Han sido meses difíciles. He aprendido el valor de mi compañía a punta de desencuentros, desamor y angustia. He aprendido, y no como una dulce enseñanza sino como una cruda imposición, qué es estar sin la compañía del otro, qué es asumirse en el mundo. Sentí miedo y, claro, aún lo siento; pero ya aprendí, aprendí que no existe otro ser que me acompañe en mis pasos, que estoy acá, caminando conmigo. Tuve mucho afán de morir, lo intenté, fallé; fallé hasta en mi más básica necesidad de autodestrucción.

Toda mi vida he tenido horror vacui; he llenado mis vacíos con múltiples actividades, con gente, con sonrisas, con momentos, con tanta nada sin sentido. Ahora no quiero llenarme de eso, lo siento absurdo, no quiero volcarme nuevamente sobre el otro y entregarle toda mi energía pulsional a cuanto quiera acompañarme en mi caos. Pero al menos antes sabía sobre mi necesidad del otro, ahora no tengo nada claro. No necesito la presencia de un ajeno, pero aún no me siento bien acompañada conmigo. Esto es aún más confuso que mi patológica necesidad del otro. Aún no sé cómo asumirme, debo hacerlo, debo empezar proyectos nuevos, trazarme nuevas rutas para el vuelo. Sin embargo, me siento sola. No en tanto el otro, no, ya el otro me ha dejado de importar; me siento sin propósito. Tengo que edificarme de nuevo. Me siento sola conmigo y me aterra. Me estoy haciendo, tengo que aceptarlo, no soy la Paola que fui y nunca sabré lo que llegaré a ser. Tengo que aceptar la incertidumbre del tiempo.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Nada te salva

Matarte tres veces y volverte a besar, tal vez para eso sirva la imaginación. En lo cuentos te asesino y con mi sangre te reanimo, pero acá, en mis días, sos vos el que matás. Como Salomé a Juan, pidiendo su cabeza y rogando su regreso, amando y odiando, deseando y repudiando, tánatos y eros; la caótica ambrosía sentimental. En algún momento creí y aclamé con ímpetu que el amor era la base de la vida, el substrato de los instantes y la base de la fuerza. Ahora creo que sí, el amor es combustible, pero el amor hacia sí, ahí está el giro, el quiebre de sentido. Cuán fácil es decirlo y escupir letras angustiadas con un vaivén del esfero. Escupo, escupo, escupo miedos, como si se quedaran en las hojas, como si se fuesen a quedar ocultos en los recovecos del alma por temor ante mis tormentosos gritos. Ahí está el conflicto; escribir los miedos no alivia ni da calma, solo es un placebo de quietud, un aparente sosiego. Y nada ayuda, el temor se acrecenta, mi amor disminuye, mi odio aumenta, mi paz se esfuma. No hay nada que me salve de mí. Creí algún día que estudiar carreras reflexivas me iba a ayudar a solventar la vida. Por ahí varios filósofos consideran su quehacer como la manera de encontrar “paz en los pensamientos”, ¿paz? ¡PAZ? ¿Dónde está la calma? ¿En la reflexión posterior? ¿En la erudición luego del huracán? La paz debe aparecer para afrontar situaciones de conflicto, no para reflexionar luego de prender fuego en el paraíso. La filosofía, sí, claro, sirve… Sirve para escupir palabras bonitas y estructurarlas en una oración con sentido, ¿pero para la vida? Para la vida no hay ocupación que valga. Y aquí es donde muero; ni él, ni yo, ni la filosofía, ni mi madre, ni mi padre, ni mi hermano, ni la vida, nada, nada me salva de mí. Sigo aquí por costumbre de vivir.

jueves, 10 de julio de 2014

La soledad.

Las efemérides y las horas, todas repletas de nada. Ella siempre se preguntó qué la hacía sentirse así, qué era esa sensación de soledad a pesar de la compañía, de tristeza a pesar de su plenitud aparente, de suspiros profundos y de llanto infundado; ¿por qué se sentía sola? La gente suele relacionar la soledad con ausencia de compañía; ella sabía que no era así. Toda su vida le ha tenido pavor a la soledad y no ha tenido miedo de afirmarlo, pero la soledad va más allá de las personas y de su aprobación; la soledad es estar vacío.

¡Eso es! La soledad es sentirse sin propósito, sin fin, sin funcionalidad. Por eso la vejez es compleja, más que por los años o la cercanía a la muerte, lo que pesa es la nada y el sinsentido de la falta de función. Eso es sentirse vacío, es sentirse despojado de uno, porque ese uno, lo que las personas suponen ser, su identidad, bien o mal, se conforma con y gracias a lo otro. Sí, a lo otro, no solo a los otros. Nos construimos con la sociedad que nos circunscribe, pero lo que realmente nos da lo que somos es lo que hacemos; lo que creemos ser está fundamentado en nuestra función, bien lo dijo Marx, pero no es solo en el trabajo, es en todo quehacer de nuestro diario. Estar solo es saberse sin esencia, sin camino, por eso la soledad no es ante la gente, la soledad es ante uno, ante uno sin razón en el mundo. Esa es la desolación más fuerte.

Ella lo sabe muy bien, las personas, sus allegados en quienes había depositado sus más fuertes anhelos solo eran excusas, solo representaban su más fuerte deseo de librarse de esa sensación de vacío provocada por su sinsentido. Ella no sabe para qué sirve exactamente. Siempre se ha desenvuelto bien en sus funciones, pero no sabe en realidad si eso es ella. Ella se siente sola porque no sabe si es lo que dice y cree ser. La gente solo la ocupa, le llena el vacío que la invade. Lo mismo hacía con los pasatiempos, ella se llena de funciones para acompañar su soledad, su soledad frente al mundo, frente a su carencia de esencia, frente a su falta de seguridad ante la vida, frente al despropósito total de su nada.

Por eso ella se sentía sola cuando no estaba ocupada y por eso ella aclamaba a los otros cuando se sentía carente de propósito, cuando las horas no se llenaban y el sueño no llegaba; cuando los minutos pesaban y los letras no servían; cuando Dostoievski aburría y Ciorán desolaba; cuando pasaba más horas frente al computador que frente a una biblioteca; ahí, justo en esos momentos de agonía del tiempo infinito desperdiciado, ahí aclamaba ayuda y culpaba a todo lo que la rodeaba de su tristeza y su melancolía.

Tal vez ella huye de la soledad de la falta de ocupación porque la siente como un final. La muerte para ella es el despropósito total, la ausencia de mañana, de quehaceres, de porvenir, de acciones a futuro. En la muerte no hay acción, no hay nada. Tal vez es eso, le daba miedo la soledad porque le aterraba que al sentirse sin función se acercase a la muerte, al absoluto vacío del final. Pero lo dijo Heidegger, somos seres para la muerte y, así llenemos del continuo ocuparse y de pasatiempos nuestros días, el aburrimiento existencial, como él le llama a esta nada que ella siente, no se va así de fácil. Ella entiende a Heidegger cuando afirma que el Dasein se encuentra con él mismo precisamente en ese aburrimiento al que ella llama sinsentido o nada, pero ella siente que no podría soportar el encuentro consigo misma porque odia lo que es.

Eso es, ella odia lo que es.